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El Cristianismo No Es Espectáculo: Un Llamado a Volver al Evangelio

Cuando la fe se convierte en escenario, perdemos de vista a Jesús y al prójimo que nos necesita

Arturo Martinez··Devocionales
El Cristianismo No Es Espectáculo: Un Llamado a Volver al Evangelio

Nos encontramos en un tiempo en que las grandes pantallas, los escenarios iluminados y las procesiones multitudinarias parecen hablar de un resurgir religioso, de una sed espiritual que, como río desbordado, inunda las calles y los estadios. Y, sin embargo, algo en todo ello nos inquieta profundamente, algo que, si somos honestos con nosotros mismos, nos obliga a detenernos y preguntarnos: ¿estamos realmente siguiendo a Jesús, o simplemente disfrutando del espectáculo de seguirlo?

El Diagnóstico Incómodo

La semana pasada, el escritor Félix de Azúa formulaba un diagnóstico que, como una piedra lanzada en un estanque tranquilo, ha generado ondas que todavía se expanden: "En España triunfa y seguirá triunfando el espectáculo religioso, estatal y romano, que no tiene la menor relación con la religión cristiana seria". Se refería, entre otras cosas, al fenómeno de grupos de jóvenes que abrazan la fe colectivamente a través de la música, y a artistas como Rosalía, cuya obra está impregnada de símbolos y letras de apariencia cristiana. A todo ello, en nuestra opinión, habría que añadir la asistencia masiva a las procesiones de Semana Santa, esas largas hileras de capirotes y cirios que recorren las ciudades como si el tiempo se hubiera detenido hace cinco siglos.

Muchos han querido ver en estas manifestaciones un retorno genuino a lo religioso, casi una revancha de Dios en una sociedad que parecía haberlo olvidado. Y, sin duda, hay en todo ello destellos de búsqueda sincera. Pero el cristianismo, el que nació en Galilea hace dos mil años, es otra cosa. Fue otra cosa desde el principio, y esa diferencia no es un detalle menor, sino el corazón del asunto.

Lo Que Fue y Lo Que Somos

El cristianismo primitivo, aquel que creció como levadura en la masa del Imperio Romano, contribuyó junto con la familia a crear un estilo de vida que, en definitiva, hizo de Europa lo que es. Creó cultura en el sentido más pleno, como bien señala Mario Vargas Llosa en su obra La civilización del espectáculo (2012). Pero, como nos recuerda el Papa Francisco en su discurso del 27 de noviembre de 2014, "hoy ya no somos los únicos que producen cultura, ni los primeros, ni los más escuchados". Y esa realidad, lejos de desanimarnos, debería impulsarnos a algo que nos cuesta enormemente: un cambio de mentalidad pastoral.

Necesitamos, como comunidad creyente, menos espectáculo, menos hipocresía y más coherencia de vida. Necesitamos recuperar lo que podríamos llamar el horizonte evangélico, ese punto en el horizonte hacia el que caminaba Jesús y hacia el que nos invita a caminar a nosotros: no dejar al hombre confiado únicamente en sí mismo y emancipado de la mano de Dios, no ocultar ni esconder a Jesús y la verdad sobre el ser humano mismo. Hay que volver al inicio, sin temores y sin sentir vergüenza de pronunciarse. La gente, como siempre, espera lo que necesita para su vida. ¿Por qué, si nos decimos cristianos, nos empeñamos en defraudarla?

El Testimonio de Tertuliano: Una Lección del Siglo II

Para entender lo que el cristianismo puede y debe ser, nos resulta de una utilidad que no podemos exagerar la lectura de unas páginas de Elaine Pagels en su obra Más allá de la fe (2003). En ellas, Pagels refiere el testimonio de Tertuliano, aquel jurista cartaginés del siglo II que se convirtió en uno de los primeros grandes teólogos del cristianismo, respecto a la conducta de la comunidad cristiana de su tiempo.

Los primeros cristianos, según Tertuliano, aportaban dinero de manera regular para mantener a los huérfanos, para llevar alimentos, medicinas y solidaridad a los presos, para enterrar dignamente a los pobres y a los criminales, esos que nadie quería recordar ni honrar. Y esta generosidad, que no buscaba aplausos ni titulares, atraía a las multitudes de una manera que ningún espectáculo podría lograr jamás. Cuando la peste asolaba ciudades como Alejandría, Antioquía, Cartago y la propia Roma, los cristianos se quedaban a cuidar a los enfermos y moribundos mientras todos los demás huían. Aquello no era un concierto ni una procesión. Era algo mucho más poderoso: era la fe en acción.

¿Por qué actuaban así, a pesar del riesgo evidente que corrían? La respuesta, como suele ocurrir con las verdades más profundas, es sencilla hasta resultar desconcertante: Jesús resumió toda su doctrina en un mandamiento que podemos recitar de memoria pero que con frecuencia olvidamos vivir: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mc 12, 31; Mt 22, 39). Como señala Pagels con precisión, "lo que Dios exige es que los seres humanos se amen los unos a los otros y presten ayuda, sobre todo y especialmente a los más necesitados".

Mateo 25: El Texto que Nos Define

Hay un pasaje del Evangelio que, en nuestra opinión, debería estar grabado no solo en los muros de nuestras iglesias sino en la manera concreta en que organizamos nuestros días. Es Mateo 25, 35-46, ese texto en el que Jesús, con una claridad que no admite interpretaciones cómodas, nos dice: "Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me asististeis, estaba en la cárcel y me visitasteis".

Y luego, como si quisiera asegurarse de que no lo malinterpretamos, añade: "Os digo que cuanto hicisteis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicisteis". Jesús no está hablando aquí de asistir a una misa solemne, ni de participar en una procesión, ni de publicar una historia en redes sociales con una vela encendida. Está hablando de actos concretos de amor hacia personas concretas en situaciones concretas de necesidad. Esa es la liturgia que Él prefiere.

Seguir a Jesús, ser cristianos, tiene que ver con la condición humana, con vivir como Él vivió. Y Él vivió tocando leprosos, cenando con pecadores, deteniéndose ante quienes todos pasaban de largo. El mandato del amor, como observa Pagels, se convirtió en los primeros siglos "en la base práctica de una estructura social radicalmente nueva". Esa estructura no se construyó con espectáculos, sino con servicios.

"Mirad Cómo Se Aman los Unos a los Otros"

Tertuliano nos ha dejado en su Apología (39) una frase que, leída hoy, resulta al mismo tiempo inspiradora y acusadora: "Lo que nos diferencia a los ojos de nuestros enemigos es la práctica de la bondad basada en el amor: 'Mirad, dicen, como se aman los unos a los otros'". Esa era la imagen que los primeros cristianos proyectaban al mundo que los rodeaba, un mundo que en muchos casos los perseguía y los despreciaba. No los diferenciaba la grandiosidad de sus templos, ni la sofisticación de sus rituales, ni la popularidad de sus cantantes. Los diferenciaba el amor visible, cotidiano, costoso.

¿Cuándo fue la última vez que alguien nos dijo algo semejante a nosotros? ¿Cuándo fue la última vez que nuestra conducta como comunidad creyente generó en alguien de fuera esa admiración espontánea? Qué lejos andamos, en muchas ocasiones, de tal apreciación. Y esa distancia no se cierra con más procesiones ni con más conciertos, sino con más visitas a los hospitales, más acogida a los emigrantes, más presencia junto a quienes sufren en silencio.

Un Llamado a Volver al Principio

Lo que nos lleva a Dios, en definitiva, es hacer lo que Él hizo y vivir como Él vivió. Lo que nos acerca a Él no son los ritos que practicamos sin que transformen nuestra vida, sino la conducta en todos los aspectos de nuestra existencia, esa conducta que Jesús siempre antepuso a los formalismos religiosos. El cristianismo no es espectáculo y, menos aún, hipocresía disfrazada de devoción. El cristianismo es vida de bondad, de amor a los demás, de colaboración en la obra de la creación a fin de recuperar una nueva sociedad basada en la justicia y en el amor.

Nos urge, como comunidad de fe, hacer ese examen de conciencia que a veces posponemos porque sus conclusiones nos incomodan. Nos urge preguntarnos si lo que ofrecemos al mundo que nos observa es el rostro de Jesús o simplemente el nuestro, bien iluminado por los focos del escenario. Te invitamos a que esta semana, antes de cualquier gesto religioso visible, realices un gesto de amor invisible: llama a alguien que está solo, acompaña a alguien que sufre, da de lo tuyo a quien no tiene. Ese es el espectáculo que el mundo necesita ver, y que Dios, desde siempre, espera de nosotros.