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León XIV en España: Entre el incienso, el caos y la hipocresía política

Cuando la bienvenida al Papa se convierte en el espejo más incómodo de nuestra fe pública y nuestros valores privados

Arturo Martinez··Noticias
León XIV en España: Entre el incienso, el caos y la hipocresía política

Hay momentos en la historia de los pueblos en que la llegada de una figura de autoridad espiritual actúa como ese espejo que nadie pidió pero que todos necesitan, y la visita del Papa León XIV a España parece ser, precisamente, uno de esos momentos incómodos y reveladores que Dios, con su conocida afición por la ironía pedagógica, coloca en nuestro camino cuando más falta nos hace.

Madrid se ha transformado, en estos días previos a la llegada del Pontífice, en algo parecido a una ciudad que ensaya su propia versión de las plagas de Egipto, aunque en esta ocasión la plaga no sea de langostas sino de cortes de tráfico, itinerarios alterados y una logística que ha llevado al alcalde José Luis Martínez-Almeida a hacer algo que, con todo el respeto que nos merece el cargo, resulta cuando menos pintoresco: rogar a los empresarios que permitan a sus empleados teletrabajar, es decir, que los encierren en sus hogares para que sus desplazamientos cotidianos no interfieran con la solemnidad de los salmos, las cruces y las reverencias al Santo Padre.

La fe que viste bien en cualquier temporada

¿Nos hemos preguntado alguna vez qué significa realmente profesar una fe, más allá de los gestos visibles y las fotografías que circulan luego por las redes sociales? Porque lo que estamos contemplando en estos días es un espectáculo que, si San Pablo levantara la cabeza, probablemente le inspiraría una nueva carta a los políticos españoles, quizás titulada Epístola a los Convenientes.

Nuestros devotos representantes públicos, a izquierda y a derecha del espectro político, han descubierto que reivindicar los valores cristianos viste muy bien en cualquier temporada electoral, y la llegada de León XIV ha desatado una competición por ver quién besa antes la mano del Pontífice que recuerda, con cierta ternura melancólica, a los niños del colegio peleando por ser el primero en la fila de la comunión.

En este contexto, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha protagonizado uno de esos episodios que la historia, si tiene sentido del humor, recordará con una sonrisa. Habiendo viajado a Roma para presentar Madrid al Papa como "la puerta de entrada a España, la diversidad y la multiculturalidad", uno no puede evitar imaginar al Pontífice escuchando aquellas palabras con esa expresión serena que cultivan los hombres de fe cuando la realidad y el discurso se separan tanto que ya no se reconocen ni de lejos.

El cristiano que asusta y el Evangelio que incomoda

Porque hay un Evangelio que consuela y hay un Evangelio que incomoda, y el segundo es el que Jesús predicó con más frecuencia. "Tuve hambre y me disteis de comer, fui forastero y me acogisteis", dice Mateo 25, ese capítulo que muchos prefieren saltar con la misma agilidad con que se cambia de canal cuando aparece algo que no queremos ver.

León XIV viene a España y visita las Islas Canarias, ese punto neurálgico donde el Mediterráneo y el Atlántico se convierten en testigos mudos de tragedias que ocurren mientras nosotros desayunamos, para poner voz y rostro a esa deshumanización que se ha ido normalizando con la misma silenciosa eficacia con que el agua erosiona la piedra: poco a poco, sin que nadie pueda señalar el momento exacto en que cruzamos la línea.

El mensaje del Pontífice sobre la dignidad de los migrantes, sobre la responsabilidad de los pueblos ricos ante el sufrimiento de quienes huyen de la guerra, el hambre, la esclavitud y la muerte, no es un mensaje cómodo para una Europa que lleva años pagando a terceros países para que contengan esos flujos humanos lejos de su vista, como quien esconde el desorden debajo de la cama cuando llegan las visitas.

Cuando la xenofobia encuentra sus mejores aliados

Nos encontramos en un momento en que la inmisericordia, para usar el lenguaje que le corresponde, cotiza al alza en los mercados políticos de Occidente. El modelo de la primera ministra italiana, con sus centros de internamiento en Albania, ya no es una rareza sino una posibilidad que los Estados miembros de una Unión Europea que se proclamaba heredera del humanismo cristiano contemplan con creciente interés.

¿Qué diría San Francisco de Asís, patrono de la ecología y de los pobres, al ver cómo sus herederos espirituales gestionan la llegada de los más vulnerables? Probablemente lo mismo que dijo en su tiempo, con esa radicalidad evangélica que siempre resulta inconveniente para los poderosos: que Cristo está en el rostro del pobre, del forastero, del que llega sin nada.

Esta semana habrá, como decimos, una cierta competición entre nuestros representantes políticos por estar cerca del Papa, por aparecer en la fotografía, por asociar su imagen a la autoridad moral que el Pontífice representa. Y nosotros, que contemplamos este espectáculo con esa mezcla de perplejidad y esperanza que caracteriza a quienes todavía creen que las palabras deben guardar alguna relación con los hechos, nos permitimos hacer una pregunta sencilla:

Una pregunta que merece respuesta

¿Puede llamarse cristiano quien defiende con palabras la dignidad humana y la niega con sus políticas? No es una pregunta retórica ni una trampa dialéctica; es la pregunta que el propio Evangelio plantea una y otra vez, con esa insistencia que Dios tiene cuando quiere que aprendamos algo que seguimos sin entender.

Los autoritarismos que avanzan en Europa y en el mundo no son una novedad histórica; tienen sus precedentes en el siglo XX, y aquellos precedentes también encontraron en su momento políticos que se decían cristianos, humanistas y demócratas mientras miraban hacia otro lado. La memoria histórica, esa disciplina que algunos prefieren archivar en el sótano del olvido, nos recuerda adónde conduce ese camino.

León XIV llega a España en un momento en que su voz, la voz de quien representa para millones de personas la autoridad moral más alta de la tierra, puede ser ese grano de arena en el engranaje de la indiferencia. No esperamos milagros instantáneos, que esos Dios los administra con su propio calendario, pero sí esperamos que sus palabras resuenen en alguna conciencia que todavía esté dispuesta a escuchar.

Lo que nosotros podemos hacer

Más allá del espectáculo mediático y político que rodea esta visita, te invitamos a hacer una cosa concreta: leer el capítulo 25 del Evangelio de Mateo, ese que habla del forastero y del hambriento, y preguntarte honestamente qué relación guarda con las decisiones políticas que apoyas, con los partidos a los que votas, con las opiniones que compartes en tus conversaciones cotidianas.

Porque la fe, como nos recuerda Santiago en su carta, sin obras está muerta. Y las obras no son solo las que hacemos en privado, en la silenciosa intimidad de nuestra conciencia, sino también las que respaldamos con nuestro voto, con nuestra voz y con nuestro silencio cómplice cuando la injusticia avanza disfrazada de sentido común.

España recibe al Papa León XIV con todos los honores que corresponden a un Jefe de Estado y a un líder espiritual. Ojalá también lo reciba con la honestidad que merece su mensaje, aunque ese mensaje, como siempre ha ocurrido con el Evangelio, resulte más incómodo que consolador para quienes tienen el poder de cambiarlo todo y prefieren que todo siga igual.

Como decía un sabio que conocemos bien: la verdad os hará libres. Pero primero, casi siempre, os incomodará bastante.