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León XIV pide a la Iglesia en España responder a la secularización con comunión y valentía misionera

En su encuentro con la Conferencia Episcopal Española, el Papa anima a discernir, sanar fracturas, cuidar las vocaciones y anunciar a Cristo con un corazón abierto al diálogo

Arturo Martinez··Noticias
León XIV pide a la Iglesia en España responder a la secularización con comunión y valentía misionera

En el tercer día de su viaje apostólico a España, el Papa León XIV se reunió este lunes con los obispos de la Conferencia Episcopal Española (CEE) en la sede del organismo en Madrid, en un encuentro cargado de hondura pastoral, memoria agradecida y una llamada clara a mirar hacia adelante sin miedo, como quien camina por una senda antigua con sandalias nuevas y, aun así, reconoce el polvo del camino como parte de su historia.

El Pontífice situó su reflexión en torno a la imagen de un viaje espiritual con destino en Dios, enlazando así con el lema de la visita pastoral, y desde esa metáfora —tan cercana al alma cristiana de España, tierra de peregrinos, de ermitas, de campanas y de silencios que también rezan— invitó a los prelados a discernir qué elementos del pasado deben conservarse y cuáles conviene dejar atrás para servir mejor a la misión evangelizadora.

Nuestra respuesta debe conjugar prudentemente la libertad y la valentía, para dejar estructuras que no nos ayudan, no responden o incluso nos alejan de nuestro fin, con la fortaleza de conservar como un tesoro aquello que lo facilita”, afirmó León XIV, en una de las ideas centrales de su intervención, que coincidió además con el 60.º aniversario de la CEE.

Un proceso sinodal vivido como escucha de Dios

El Papa agradeció las palabras de bienvenida del presidente de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Luis Javier Argüello García, y enmarcó el diálogo en el contexto del proceso sinodal que vive la Iglesia universal, al que definió como un “proceso de escucha en profundidad”. No se trataría, según subrayó, de una mecánica asamblearia ni de una simple suma de opiniones, sino de algo mucho más delicado y, si se quiere, más exigente: aprender a reconocer la voz de Dios que resuena a través de la comunidad eclesial.

Nos encontramos aquí con una de esas llamadas que no hacen ruido, pero remueven el alma: escuchar de verdad. Y uno podría preguntarse, con una sonrisa discreta y algo de examen de conciencia: ¿escuchamos para responder o escuchamos para comprender? En la vida de la Iglesia, esa diferencia no es pequeña.

El patrimonio cristiano, una herencia viva y no una vitrina

Una parte amplia del discurso estuvo dedicada al patrimonio espiritual, cultural e histórico del cristianismo en España. León XIV reconoció la enorme capacidad de convocatoria de ese legado, profundamente arraigado en la identidad de los pueblos, ciudades y regiones del país, donde la fe sigue asomando incluso en quienes la viven con vacilación o distancia.

Sin embargo, el Papa advirtió contra la tentación de convertir ese tesoro en una pieza inmóvil, como si bastara con custodiar la llave del museo mientras el corazón de los hombres permanece a oscuras. “Un enorme desafío, ciertamente, al que estamos llamados a responder con valentía, para que este patrimonio produzca los frutos de los que es capaz”, señaló.

La observación es tan clara como necesaria: una catedral sin evangelización puede impresionar, pero no necesariamente convertir; una procesión sin vida interior puede emocionar, pero no siempre transformar. El patrimonio cristiano, recordó implícitamente el Papa, no fue dado a la Iglesia como un álbum de recuerdos, sino como instrumento de evangelización. En otras palabras: no basta con admirar la lámpara, hay que encenderla.

La vida sacramental como viático del peregrino

León XIV insistió también en la centralidad de la vida sacramental, empleando una imagen de gran densidad espiritual: la del viático del peregrino. “El Pan de la Palabra y de la Eucaristía nos son aún más necesarios que el alimento material, porque nos abren el camino de la salvación”, afirmó.

Con ello recordó algo que, a fuerza de saberlo, a veces corremos el riesgo de olvidar: que la Iglesia no vive de estrategias, ni de estadísticas, ni de ocurrencias bien empaquetadas, sino de la gracia de Dios. Y que sin la Palabra y sin la Eucaristía, toda planificación pastoral puede terminar pareciéndose a una mochila muy ordenada… pero vacía por dentro.

Aprender el lenguaje del otro en una sociedad cambiante

Otro de los núcleos del discurso fue la necesidad de una evangelización capaz de dialogar con la sociedad contemporánea, marcada por la secularización, la diversidad cultural y los movimientos migratorios. Tomando como referencia a san Hernando de Talavera y a santo Toribio de Mogrovejo, de quien se celebra el tercer centenario de la canonización, el Papa animó a los obispos a aprender “el lenguaje del otro”, generando espacios de encuentro donde pueda sembrarse la semilla del Reino.

Aunque los lenguajes en esta era digital son distintos y las culturas que ahora componen el mosaico de nuestras realidades, con migrantes de todas las partes del mundo, también han cambiado, pero el espíritu debe permanecer”, explicó. Y añadió una idea de notable alcance pastoral: “Sólo sobre la base de poner en común todo lo bueno que hay en el propio patrimonio, aportando cada uno su granito de arena, podremos edificar una realidad nueva en la que la fe pueda hundir raíces profundas”.

Aquí el Pontífice parece pedir algo más que adaptación externa; pide una disposición interior. No se trata de disfrazar el Evangelio para hacerlo simpático, como quien intenta ponerle zapatillas deportivas a una catedral. Se trata, más bien, de hacer comprensible la verdad sin rebajarla, de hablar con claridad y caridad, de tender puentes que no se derrumben al primer soplo ideológico. ¿No es ésa una tarea urgente?

Las llanuras castellanas y las periferias despobladas

Con una imagen evocadora, León XIV aludió a las llanuras castellanas del Camino de Santiago como metáfora de ciertas realidades eclesiales marcadas por la despoblación y la fragilidad. Recordó que España ya atravesó épocas semejantes, cuando la Iglesia tuvo que reconstruir su presencia en “franjas de tierra quemada”, y de esa necesidad brotaron modelos evangelizadores que después fecundaron otras tierras, especialmente en América.

La referencia no fue sólo histórica, sino programática. Allí donde parece que no queda mucho, Dios suele seguir trabajando con la paciencia del sembrador. A veces pensamos que una tierra escasa ya no dará fruto, y el Señor, con ese estilo suyo que desconcierta sin estridencia, nos recuerda que también el trigo crece en campos que a simple vista parecen solo silencio.

La unidad como respuesta a la polarización

Uno de los ejes más firmes del discurso fue la llamada a la comunión eclesial en un tiempo de polarización social y cultural. León XIV pidió a la Iglesia en España ofrecer un “testimonio de unidad en la pluralidad” frente a unas “polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras”.

La imagen de Cristo se deja reconocer en el mosaico vivo de la Iglesia, donde muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor”, afirmó. Con esa imagen del mosaico, el Papa propuso una visión de la Iglesia en la que la diversidad de sensibilidades, carismas y acentos no debe desembocar en fractura, sino en armonía visible.

Recordó asimismo a los obispos su responsabilidad particular como principio visible de comunión: comunión con Cristo, con el Sucesor de Pedro, con el presbiterio, con la vida consagrada y con cada carisma auténtico. “Vuestra misión os reclama custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas y acompañar el camino del pueblo encomendado a vuestro cuidado”, dijo.

León XIV subrayó además que la comunión no tiene únicamente una dimensión interna, casi administrativa, sino una clara fuerza misionera. “Una Iglesia reconciliada por dentro puede hablar con mayor libertad a los hermanos de otras confesiones cristianas y de otras religiones, a los que no creen, a las autoridades civiles y a todos los hombres de buena voluntad”. En tiempos en los que el mundo parece a veces una mesa familiar donde todos discuten antes de sentarse, esta apelación a la unidad suena especialmente necesaria.

Vocaciones: no solo contar, sino cuidar

El Papa dedicó una atención especial a la pastoral vocacional, advirtiendo de que no puede reducirse a una mera cuestión numérica. “No puede reducirse a una simple búsqueda de números”, señaló, recordando que las vocaciones nacen de comunidades vivas, sacerdotes felices, familias que testimonian la belleza de la fidelidad y una Iglesia que muestra con sencillez que seguir a Cristo no empobrece la existencia, sino que la expande.

Hay aquí una observación importante, porque la tentación de medir la salud eclesial únicamente por las cifras puede llevarnos a mirar el jardín con ojos de contable y no de pastor. Sí, los números importan, pero no lo explican todo. Una vocación no brota como una moneda en una máquina expendedora; brota como una llamada de Dios acogida en una tierra abonada por el testimonio, la oración, la alegría y el acompañamiento.

En cuanto a la formación sacerdotal, León XIV fue muy concreto: “Los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible y la Iglesia, por su parte, tiene derecho a sacerdotes bien formados”. Para que los seminarios sean verdaderas casas de formación, indicó, es necesario asegurar una experiencia comunitaria adecuada, formadores dedicados y con experiencia espiritual, así como centros teológicos con medios suficientes. De ahí que invitara a las diócesis a aunar fuerzas y trabajar juntas en la gestión de estos desafíos.

La corresponsabilidad de los laicos

En su intervención, el Papa también abordó el papel creciente de los laicos en la vida de la Iglesia, y pidió que no se lea esta realidad únicamente como una respuesta pragmática a la disminución de vocaciones religiosas, sino como una oportunidad providencial.

De nosotros depende que estos laicos lleguen a percibir su participación en este servicio eclesial como una llamada que Dios les hace a asumir su responsabilidad como cristianos”, afirmó, añadiendo que esa participación debe ser interiorizada desde el espíritu de la misión y no como una mera ocupación funcional.

Es una invitación a mirar al laicado no como un parche, sino como un don. Y eso cambia mucho el paisaje. Porque cuando el laico descubre que no está simplemente “echando una mano”, sino respondiendo a una vocación bautismal, la Iglesia deja de parecer una oficina con tareas pendientes y vuelve a parecerse a lo que es: una familia enviada a anunciar a Cristo.

Abusos: escucha, verdad, justicia y reparación

León XIV se refirió asimismo a la herida de los abusos cometidos por miembros de la Iglesia, calificándolos como una de las realidades más dolorosas que encuentra la comunidad eclesial. Reclamó una respuesta fundada en la escucha, la verdad, la justicia, la reparación y un compromiso decidido con la prevención y la cultura del cuidado.

Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación”, afirmó. Sus palabras evitaban el tono abstracto y llevaban el foco al rostro concreto de quien ha sufrido, recordando así que no basta con protocolos si no hay verdad, ni basta con declaraciones si no hay conversión real.

En este punto, la Iglesia está llamada a caminar con humildad, sin excusas ni atajos, sabiendo que sólo la verdad, vivida con justicia y caridad, puede abrir espacio a una reparación auténtica. No es un camino fácil, pero tampoco sería evangélico fingir que lo difícil deja de ser obligatorio.

La sed de sentido en el mundo secularizado

El Pontífice ofreció también una reflexión matizada sobre el alejamiento religioso de nuestro tiempo. Lejos de una lectura simplista, afirmó: “Muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo no rechazan simplemente a Dios, muchas veces llevan en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza, incluso cuando no saben darle un nombre”.

Esta observación encierra una clave misionera de gran importancia. Bajo la superficie del secularismo, el Papa ve no sólo ausencia, sino búsqueda; no sólo distancia, sino anhelo. Y por eso recordó que la Iglesia está llamada a reconocer esos deseos y a ofrecer el tesoro que ha recibido: Jesucristo, en cuyo nombre el hombre puede levantarse y caminar, evocando el pasaje de Hechos 3, 1-10.

Quizá ahí se esconde una de las preguntas más decisivas para la evangelización en España: ¿sabemos reconocer la sed de Dios cuando no se presenta con lenguaje religioso? A veces el corazón humano llama a la puerta con palabras inesperadas. Conviene no dejarlo esperando en el rellano.

Bajo la protección de María y con san Juan de Ávila como guía

En la parte final de su discurso, León XIV encomendó a los obispos españoles a la Virgen María, evocando la conocida expresión de san Juan Pablo II que definió España como “Tierra de María”. En ella, dijo el Papa, tienen a su “primera compañera de camino” y su “principal tesoro”.

También evocó a san Juan de Ávila, patrono del clero español, precisamente en el año en que se conmemora el quinto centenario de su ordenación sacerdotal. Recordó cómo san Pablo VI lo describió como “un maestro de vida espiritual benévolo y sabio, un renovador ejemplar de la vida eclesiástica y de las costumbres cristianas” y, al mismo tiempo, “un simple sacerdote”. Esa sencilla grandeza fue presentada por León XIV como modelo para los presbíteros de hoy, a quienes pidió a los obispos acompañar “como verdaderos padres”.

El Papa concluyó con una oración de san Juan de Ávila: “Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón”. Y la amplió con una súplica que resume, como un pequeño salmo pastoral, el conjunto de su mensaje: “Señor, danos tu corazón, un corazón capaz de alzar la mirada hacia ti, de ponerse en camino, de escuchar, de discernir, de servir, de corregir con caridad, de atender con paciencia y de anunciar con alegría”.

¿No es ésta, en el fondo, la gran tarea de la Iglesia en España? Alzar la mirada, ponerse en camino, cuidar la comunión, escuchar al herido, hablar al que busca, sostener al sacerdote, despertar vocaciones, integrar a los laicos y anunciar a Cristo con una esperanza serena. Nosotros diríamos que sí. Y diríamos también que, en tiempos de cansancio, el Papa no ha ofrecido una receta rápida, sino algo mejor: una brújula.

Que el Señor conceda a la Iglesia en España esa valentía misionera de la que habló León XIV, y que bajo el manto de la Virgen María aprendamos a caminar juntos, sin nostalgia paralizante ni prisa vacía, con el Evangelio en las manos y la caridad en el corazón. Oremos por nuestros obispos, por nuestros sacerdotes, por nuestras familias y por nuestras comunidades. Y, si queremos empezar hoy mismo, hagámoslo con un gesto sencillo: pidamos al Señor su corazón. Nunca falla ese camino.